Los encantos de Guiengola

Por Julio Flores Rodriguez

Los encantos de Guie’ngola El soñador de milagros Julio Flores Rodríguez Al poniente de la ciudad de Tehuantepec, a 12 kilómetros aproximadamente, se levanta majestuoso un cerro, cuyo sólo nombre es motivo de curiosidad para el visitante y orgullo legítimo de la nación zapoteca. Guie’ngola es su nombre, testigo mudo de una raza que se levantó desde sus inicios, orgulloso, amante de sus cosas, de sus costumbres, de su cultura, de su idioma, pienso que va apuntando al infinito y puntal inquebrantable para las demás naciones indígenas. La nación zapoteca, sus leyendas bien cultivadas, aunado a su música casi celeste, forman un conjunto armonioso que hacen vibrar al espíritu hacia lo sublime. Guie’ngola, un cerro escabroso que infunde miedo al profano, es el eje de este trabajo literario. Muchas personas han tenido la oportunidad de ver con sus propios ojos las ruinas ahí existentes. Algunas por curiosidad, otras movidas a investigaciones superfluas, y otras, finalmente, en busca de objetos de barro, tanguyú, dirían los propios zapotecos en su milenario idioma materno, para después venderlo al gringo y a un muy buen precio. Aquí nadie ha denunciado el continuo saqueo y la profanación de tumbas. En este lugar histórico existen pirámides, fortalezas, puntos de observación, trincheras, túneles interminables, sepulturas misteriosas de personajes importantes, sobre todo guerreros, pasadizos secretos, depósito de armas antiguas, sistemas de almacenamiento de aguas y conservación de peces vivos por un prolongado tiempo, etc., etc., el ojo ve, la mente comprende, pero la mano se niega a describir. El 18 de febrero de 1965, fui invitado por unos amigos a una excursión a las ruinas de Guie’ngola. Como todo hombre amante de la cultura , acepté gustoso, para saber un poco de lo mucho que nos han dejado nuestros antepasados indígenas, pero no imaginé siquiera la experiencia que llevaría. Hicimos provisiones para cinco días de estancia, suficientes para saciar nuestra curiosidad. Son las 5 de la mañana y ya estábamos en el punto llamado Las Pilas, entrando por Santa María Mixtequilla, precisamente al pie del cerro Guie’ngola. El viaje a pie es siempre penoso y el ascenso es agotador. Comenzamos cuesta arriba sin los primeros rayos solares, no más de 20 metros se vislumbra apenas una vereda sinuosa. Entre pláticas de coas del pasado y chistes de mal gusto aveces, fuimos avanzando. Cuando los primeros rayos solares asomaron por la línea del Océano Pacífico ya habíamos ganado terreno. Faltando un mes para la muerte del invierno, los árboles todavía duermen desnudos, y a estas horas de la mañana, se dan por desentendido de nuestra presencia. Subir, subir y subir, creo que fue un deleite para nuestros antepasados indígenas, como que en las altas cumbres, los secretos se guardan mejor, o quizás porque las alturas están más cerca del cielo y desde donde se ven el brillar de las estrellas en todo su esplendor. El silencio es absoluto, ningún ave canoro, ningún reptil a la vista, y menos algún mamífero impertinente se ven por esos lugares. El almuerzo lo hacemos sobre la marcha, es urgente avanzar. Cuando llega el medio día, aprovechamos para descansar un poco y llevarnos un taco a la boca. Nuestras ansias eran llegar cuanto antes a la cima de Gui´engola, objetivo de nuestra misión. Después de 15 horas de ascenso por pendientes de pura roca y a través de un monte espeso y tupido, tratando de impedir siempre nuestro paso, al fin pudimos llegar al punto fijado. No nos importó la noche, pues solo así y después de15 horas de subir y subir, pudimos llegar a lo más alto de Guie’ngola. Hicimos una fogata, un café calientito, tortillas hechas a mano calentaditas sobre las brazas a la vuelta y vuelta, así cenamos de lo más sabroso en toda nuestra vida. El frío comenzó a calar hasta los huesos, pero tan a la mano encontramos una cueva y ahí pudimos dormir con mucha comodidad. Al día siguiente me levanté primero que el sol, pues quería apreciar la magnitud de la lejanía. Conforme fue alumbrando el sol, fue apareciendo paulatinamente una maravilla de paisaje. Al Oriente se extiende el gran valle de Tehuantepec, más allá el heroico Juchitán de Zaragoza, luego San Pedro Comitancillo, San Blas Atempa, Más allá la colonia Charis, Santa Rosa de Lima, San Pedro Huiloptepec y más allá y confundiéndose con el Océano Pacífico se contempla la legendaria nación Huave. El río Tehuantepec serpenteando apenas, cual pequeña serpiente que comienza a explorar. Todos los pueblos mencionados están rodeados de una floresta verde, que por momentos movida por el viento, dando la apariencia de un paraíso. Siempre al Oriente se pierde nuestra vista y nuestra imaginación se aloca, cual brújula entre dos campos magnéticos. Desde estas alturas se contemplan las lagunas Superior e Inferior que bañan la nación Huave, como dije antes, formado por los pueblos de San Francisco del Mar, San Dionisio del Mar, Santa María del Mar, San Mateo del Mar y Huazantlán del Río. Al norte del valle de Tehuantepec, se contempla la hermosa serranía de San Pedro Tlacotepec y Laolloga. Al Sur encontramos la abrupta serranía de San Miguel Tenango, perteneciente a la nación Chontal, al Poniente se ve el valle de Jalapa del Marqués y a los pies de Guie’ngola el espejo azulado de la presa presidente Benito Juárez. Hasta esos momentos mi vista había girado hacia lo más lejano... pero conforme el sol iba avanzando, me fui percatando de lo más cercano... como a 200 metros, vi con asombro, un antiguo y gigantesco palacio apuntando sus torres hacia el infinito. Al momento grité lleno de asombro y de alegría, a esas horas mis compañeros todavía estaban durmiendo, pero con mis gritos de sorpresa despertaron y llegaron hasta donde estaba parado, me encontraron extasiado y casi sin poder hablar. Me condujeron a la pequeña morada, almorzamos... y después... después nos dimos la tarea de explorar en su interior de aquel palacio olvidado por los tiempos, y quizás nosotros éramos los únicos afortunados en aquel paraje celeste. Por momentos me imaginaba que aquel paraje era precisamente la morada de los dioses de la nación zapoteca. Todos armados hasta los dientes y con un valor intrépido, nos fuimos aproximando poco a poco, pues de seguro íbamos en pos de una aventura, o quizás camino a la muerte. Así unidos en valor y ánimo, llegamos hasta al pie de aquel edificio tan lleno de misterios. Estas son sus características: A primera vista calculé que tenía 200 metros de largo por 100 metros de ancho, formando un rectángulo perfecto. Sus paredes construidas con enormes piedras labradas a gran perfección, predominando el mármol negruzco. Apuntando al Oriente y en su parte central, una puerta hecha de piedra y de una sola pieza. 6 metros de alto por 4 metros de ancho. Por la parte superior del quicio, un escudo de armas de contorno triangular, en uno de sus ángulos, calada en piedra , representa una honda. En otro, un pequeño lago, y en el tercer ángulo, un tigre devorando su presa. Al centro del triángulo, unas inscripciones en jeroglíficos. Sin tomar la menor importancia de lo descrito arriba y movidos cada vez más por la curiosidad, creyéndonos los más afortunados del mundo, penetramos por esa puerta gigantesca, pues estaba entre abierta, como quien acaba de llegar a su casa y se olvidó cerrarla por dentro. Recorrimos sin contra tiempos gran parte del interior del edificio y así poco a poco pudimos recobrar la calma, hasta el grado de alejarnos uno del otro a cierta distancia. Viendo esto, examinando aquello, huesos por acá, inscripciones por allá, palpando pasajes bélicos representados en alto relieve, o gravado sobre piedra negra. Pulsando lanzas guerreras, en fin, admirando la diversidad de piedras preciosas en tamaños jamás nunca vistas. Así... y sin darme cuenta, fui internándome a través de un pasadizo muy amplio que me pareció lo más natural... todo lo miraba iluminado, y como entre sueño y sin que nadie me perturbara y cada vez más atónito y sin acordarme más de mis compañeros. Perdí la noción del tiempo. Tan solo quería grabar en mi memoria todo cuanto iba viendo. En mi paso por aquellos laberintos vi centenar de cosas. Caminando... caminando encontré unas habitaciones como recién acabadas. El oro y las piedras preciosas trabajadas con gran maestría. Las sillas y las mesas tenían las patas hechas de piedra de color negro y sus cubiertas de oro macizo. El techo de aquellas habitaciones estaban adornadas de tan diversa manera, como el cielo de una noche estrellada. En vez de mechones, unas estrellas pendían del techo. No sentí ni calor ni frío, pues casi estaba fuera de mi. Pensaba y mi pensamiento al instante se hacía tangible. Después como despertando de un segundo sueño, alguien me dijo, ¡sigue adelante afortunado visitante!. Yo obedecí. Seguí caminando hasta llegar a descubrir un amplio salón, al que imaginé sería el comedor. En verdad que sí lo era, estaba la mea dispuesta, los platos eran transparentes como el cristal, los demás utensilios eran de piedra negruzca y con incrustaciones de oro. Anonadado de tanta maravilla, no supe qué hacer, pero mi guía invisible, una voz no escuchada sino únicamente entendida, a manera de transmisión de pensamiento, me ordenó que probara de aquellas riquísimas viandas. Comí de todo, los platillos tenían un sabor muy especial, ahí había pescado de mar recién capturado y de lo más exquisito. Una vez satisfecha mi curiosidad de comida, abandoné aquel recinto. Mi voluntad ya no era mía, me dejé guiar no sé por cuanto tiempo por esa misteriosa voz. Así y ya fuera de mí seguí caminando a través de una calzada, el piso era de piedra negra labrada y con adornos en bajo relieve representando olorosas flores de guiexhoba y combinadas con figuras de animales de la prehistoria. A los lados flores sembradas en forma caprichosa, cuyo perfume, aunque era excesivo, sin embargo no molestaba al olfato. Aquella calzada me condujo a un lago... mi guía invisible me dio a entender que ahí era donde reposaba el rey. Había toda clase de animales acuáticos y en el centro del lago se levanta un castillo que no pude saber de qué material estaba construido, porque mi guía me dijo que estaba prohibido llegar hasta ese sagrado lugar.. En todo este recorrido, punto por punto seguí las instrucciones mentales de mi guía invisible. Arrojé una piedra a las cristalinas aguas de aquel lago y al momento surgió un arco iris. Luego tiré otra piedra y el arco iris desapareció. Esto era señal que el lago estaba encantado. Enseguida caminé largo rato por las orillas de aquel lago encantado, Por asociación de ideas iba repasando cosas leídas de la prehistoria de nuestros padres indígenas chontales, quienes aseguraban que cuando el mundo todavía era tierno, que las piedras eran blandas, que los animales platicaban con los hombres, que nuestros primeros padres, a quienes llamamos los gentiles, vivían en la oscuridad, ya que todavía no habían sido creados nuestro padre Sol ni nuestra madre Luna. En fin, fui tejiendo ideas del pasado milenario y olvidando que estábamos en pleno siglo XX. Así y abstraído en estos pensamientos y como por causalidad encontré una punta de lanza, era de bronce, quise guardarla como un precioso recuerdo... pero, pero, esa voz otra vez taladrando mi cerebro... me ordenó a secas, arrójala al agua. Obediente ejecuté la orden y mi proyectil dio como blanco a un animal de aspecto muy raro, tenía la cabeza como de serpiente y su plumaje como de pavo real. Al momento lo bauticé con el nombre de Ave Serpiente. Mi presa al recibir el impacto de mi proyectil, salió del agua y caminando mansamente se acercó hasta donde estaba parado, llegó hasta mis pies, se recostó dándome a entender que me subiera sobre sus alas. Yo, obediente ciegamente me subí sobre sus lomos, y una vez bien acomodado y agarrándome de su largo cuello, el ave serpiente remontó el vuelo y me condujo a un largo recorrido de reconocimiento sobre aquel misterioso lago. Allá a lo lejos comencé a distinguir unas canoas en movimiento pero sin hombre alguno. Por este lado, vi animales acuáticos en pleno combate entre ellos mismos. Mi misterioso vehículo seguía su marcha, atravesamos en un punto en donde en esos momentos caía una tempestad. Me imaginé que había llegado el fin de mi vida, pero pronto terminó aquel acontecimiento meteorológico. Terminamos de recorrer aquel misterioso lago y comenzamos a volar sobre una gran ciudad, sus amplias calles bien trazadas y en perfecto orden geométrico y las casas tenían formas triangulares. Los árboles ornamentales tenían un color entre verde y amarillo y emitían una luz muy brillante, casi el color del oro, era una luz agradable a la vista y que no producía ni frío ni calor. La voz Guía, dándole respuesta a mis dudas, me dijo que era el sistema de alumbrado de aquella ciudad olvidada por los siglos. Casi no le di importancia aquel fenómeno, pues ya me estaba acostumbrado a lo increíble. Mi raro vehículo seguía su vuelo de reconocimiento, cual si fuera un viaje de placer. Llegamos a las afueras de aquella ciudad fantasma, contemplé parcelas recién cultivadas, más a lo lejos unos montes imponentes y majestuosos, cuyos árboles tenían una altura aproximada de trescientos metros, o quizás hasta más. En algunos claros se veían unas serpientes gigantes devorando su presa. Allá abajo, unos caballos salvajes en plena carrera: De vez en vez cruzaban por el aire aves raros que no se pueden comparar con los que conocemos en nuestro ambiente natural. En todo nuestro recorrido no vi ser humano o algo que se parezca. Extasiado de tanta maravilla y sin darme cuenta llegamos al punto desde donde habíamos partido. Mi vehículo raro descendió suavemente, me bajé y el ave serpiente desapareció de mi vista. En esos momentos sentí miedo, y mi cuerpo le entró un raro escalofrío. Hasta entonces sentí la soledad. Pensativo y cabizbajo hice el camino de regreso y sin pasar por donde había llegado. Vagué largo rato, casi extraviado, ... de pronto llegué a un huerto, había toda clase de árboles frutales y en plena maduración. A un costado de aquel paradisiaco lugar, corría un arroyuelo de aguas cristalinas, y en su paso iba arrastrando pepitas de oro produciendo un tintineo y conforme se iban alejando y con la acumulación de muchos sonidos iba dejando tras de sí una melodía divina, cual cánticos angelicales. Hasta entonces sentí la necesidad de tomar agua, juntando mis manos a manera de jícara tomé de aquel divino líquido para apagar mi sed. Después me senté un buen rato y debajo de un árbol como de manzano, tenía sus frutas el tamaño de un coco, casi caían al suelo y expedían un olor sabroso y antojadizo. Recuerdo que luego sentí un misterioso sopor y un cansancio agotador, así y sin darme cuente me quedé profundamente dormido. No sé por cuanto tiempo, lo que recuerdo es que cuando desperté ya me encontraba junto a mis compañeros de excursión... casi iba amaneciendo, en realidad estaba todavía como soñando. Luego que mis compañeros se dieron cuenta de mi presencia, pues la luz de la hoguera me denunció, se alegraron sobre manera, pues ellos creían que no me encontrarían jamás. Era aquel el tercer día en que habíamos llegado a la cumbre de Guie’nGola. Cuando me dieron la noticia del tiempo que había estado desaparecido, me sorprendí, pues para mí fueron solamente unos cuantos minutos. Después de hacer algunos comentarios con mis compañeros de aventuras, y de haber almorzado a base de totopos, café calientito y acompañado de cecina azada en las brazas y algo de pescado seco tostadito en los rescoldos, hice algunos apuntes en mi memoria de las cosas vistas y vividas, ya con los primeros rayos solares de un sol naciente y perezosamente, hicimos el camino de regreso, y aquello... aquello quedó una vez más al olvido. Quizás algún día volvamos a contemplar aquellas misteriosas maravillas, o tal vez algún otro afortunado algún día tenga la misma experiencia, o a lo mejor todo aquello quedó envuelto y para siempre en el manto del misterio... y las cosas del arcano jamás se vuelven a ver. Julio Flores Rodríguez El soñador de milagros


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1 comentarioDefault Comments

  1. Hola señor soñador me gustaria preguntarle si el palacio hecho de marmol negro es verdadero y existe o si tambien fue una ilusion espero su respuesta gracias

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